El primer número de la revista Théorie Communiste (TC) apareció en 1977. El
grupo original se constituyó en 1975. Anteriormente, algunos miembros de este
grupo habían publicado la revista Intervention Communiste (dos números
publicados en 1972 y 1973) y habían participado en la revista Cahiers du
Communisme de Conseils (editada en Marsella entre 1968 y 1973, y muy vinculada a
ICO —Informations et Correspondance Ouvrière—, que luego se convirtió en
Échanges et Mouvement), de la que se separaron en cuanto ésta comenzó a
fusionarse con Révolution Internationale (la Corriente Comunista Internacional). El
breve relato que sigue permite, en parte, captar la problemática y los interrogantes
que estuvieron en el origen de TC.
Al principio de los años setenta, todo un medio ya crítico de la ultraizquierda
histórica comenzó a encontrar muy insuficiente la puesta en entredicho por ésta de
todas las mediaciones políticas y sindicales que conformaban la pertenencia del
proletariado, como clase, al modo de producción capitalista. En el balance que
entonces se pudo elaborar de la oleada de luchas de clases de finales de los años
sesenta, el llamamiento a la acción de la clase para sí misma enmascaraba la cuestión
esencial: no se trataba de redescubrir una pureza de la afirmación del proletariado.
La revolución, la abolición del capital, será la negación inmediata de todas las clases,
el proletariado incluido. Sin embargo, no podíamos aceptar el enfoque de Invariance
que, a partir de esta constatación, acabó por rechazar toda perspectiva clasista de las
contradicciones de la sociedad existente y de la revolución, ni el de Mouvement
Communiste, animado por Jean Barrot, que intentaba radicalizar la problemática de
ultraizquierda mediante una inyección de bordiguismo.
En un principio, el trabajo teórico de TC (en cooperación con el grupo que
publicaba Négation) consistió en elaborar el concepto de programatismo. La crisis de
finales de los años sesenta/principios de los setenta fue la primera crisis del capital
bajo la subsunción real del trabajo por el capital. Marcó el final de todos los ciclos
anteriores que, desde principios del siglo XIX, habían tenido por contenido inmediato
y objetivo el ascenso de la clase dentro del modo de producción capitalista y su
afirmación como clase del trabajo productivo, a través de la toma del poder y el
establecimiento de un período de transición. Práctica y teóricamente, el
programatismo designa todo ese período de la lucha de clase del proletariado. Con
una problemática necesariamente renovada, Échanges (publicado en inglés y en
francés) se mantiene sobre esa base general, a saber, que en cada lucha el
proletariado debe descubrirse de nuevo a sí mismo; la revolución se convierte en el
proceso de las luchas, en el proceso de esta conquista de sí.
La cuestión teórica central se convierte, por tanto, en: ¿cómo puede el
proletariado, actuando estrictamente como una clase de este modo de producción, en
su contradicción con el capital en el seno del modo de producción capitalista, abolir
las clases, y por tanto abolirse a sí mismo? O sea: ¿cómo puede el proletariado
producir el comunismo? Una respuesta a esta pregunta que se refiera a una especie
de humanidad cualquiera subyacente al proletario o a la actividad humana
subyacente al trabajo, no sólo termina en un cenagal filosófico, sino que siempre
acaba por considerar que la lucha de clase del proletariado sólo puede superarse a sí
misma en la medida en que ya exprese algo que la exceda y que se afirme (podemos
encontrar esto incluso en las formalizaciones teóricas actuales del «movimiento de
acción directa»). El obrero sudoroso ha sido sustituido por el Hombre, pero la
problemática no ha cambiado, sigue siendo la de la «Aufhebung»1
.
A partir de ahí emprendimos el trabajo de una redefinición teórica de la
contradicción entre proletariado y capital. En primer lugar, era necesario redefinir la
contradicción de manera que fuese simultáneamente una contradicción portadora
del comunismo como su resolución, y una contradicción reproductora y dinámica del
capital. Era necesario producir la identidad del proletariado como clase del modo de
producción capitalista y como clase revolucionaria, lo que implicaba que ya no
concibiésemos esa «condición revolucionaria» como una naturaleza de la clase que
se modulara, desapareciera, y resurgiera de acuerdo con las circunstancias y las
condiciones. Esa contradicción es la explotación. Con la explotación como
contradicción entre las clases obtuvimos su particularización como particularización
de la comunidad y, por tanto, simultáneamente como implicación recíproca. Esto
significó que obtuvimos: la imposibilidad de la afirmación del proletariado; la
contradicción entre proletariado y capital como historia; la crítica de cualquier
naturaleza revolucionaria del proletariado como una esencia definitoria ocultada o
enmascarada por la reproducción de conjunto (la autopresuposición del capital).
Habíamos historizado la contradicción y, por tanto, la revolución y el comunismo, y
no sólo sus circunstancias. Lo que son la revolución y el comunismo es producido
históricamente a través de los ciclos de luchas que jalonan el desarrollo de la
contradicción. La contradicción entre el proletariado y el capital fue realmente
desobjetivada sin considerar la economía como una ilusión. La tendencia
descendente de la tasa de ganancia se convirtió inmediatamente en una
contradicción entre las clases y no en la causa que la provoca, como seguía siendo el
caso con Mattick, aun cuando su teoría de la crisis abra el camino a la superación del
objetivismo.
Además de profundizar en estas presuposiciones teóricas, el trabajo de TC
consiste en definir cuáles son la estructura y el contenido de la contradicción entre
las clases desde finales de los años setenta, y consolidada en los años ochenta. Hubo
una reestructuración de la relación de explotación, es decir, de la contradicción entre
las clases; se trataba de la segunda fase de la subsunción real.
La extracción de plusvalor relativo se ha convertido en un proceso de
reproducción del cara a cara entre el capital y el trabajo que es adecuado, en el
sentido de que éste último no comporta ningún elemento, ningún punto de
cristalización, ningún punto de fijación que pueda constituir un obstáculo a la
necesaria fluidez y el revolucionamiento constante que necesita. Contra el anterior
ciclo de luchas, la reestructuración ha abolido toda especificación, garantías,
«bienestar», «compromiso fordista», y división del ciclo mundial en áreas nacionales
de acumulación, en relaciones fijas entre el centro y la periferia, en zonas internas de
acumulación (Este/Oeste). La extracción de plusvalor en su modo relativo exige el
constante revolucionamiento y la abolición de todas las restricciones al proceso de
producción inmediato, a la reproducción de la fuerza de trabajo y a las relaciones de
los capitales entre sí.
No hay reestructuración del modo de producción capitalista sin derrota obrera.
Dicha derrota fue la de la identidad obrera, la de los partidos comunistas, la del
sindicalismo, la de la autogestión y la de la autoorganización. Es todo un ciclo de
luchas, en su diversidad y sus contradicciones, el que fue derrotado en los años
setenta y a principios de los años ochenta. La reestructuración es esencialmente
1 Palabra alemana que significa, simultáneamente, aceptación, crítica y superación. Podría traducirse
como superación crítica.
contrarrevolución. Su resultado esencial, desde el principio de los años ochenta, es la
desaparición de toda identidad obrera producida, reproducida y confirmada en el
seno del modo de producción capitalista.
Cuando la relación contradictoria entre el proletariado y el capital deja de estar
definida por la fluidez de la reproducción capitalista, el proletariado no puede
oponerse al capital más que poniendo en entredicho el movimiento dentro del cual es
reproducido como clase. El proletariado ya no es portador de un proyecto de
reorganización social como afirmación de lo que es. En contradicción con el capital,
está, dentro de la dinámica de la lucha de clases, en contradicción con su propia
existencia como clase. Éste es ahora el contenido de la lucha de clases y lo que está en
juego en ella. Constituye la base de nuestro trabajo actual a través del análisis no sólo
del curso del capital sino también, indisociablemente, de las luchas como la de
diciembre de 1995 en Francia, el movimiento de los parados o la de los sin-papeles,
así como de luchas cotidianas menos espectaculares, pero igualmente significativas
de este nuevo ciclo.
Lo que constituye la radicalidad fundamental de este ciclo de luchas es
simultáneamente su límite: la existencia de la clase dentro de la reproducción del
capital. Este límite específico del nuevo ciclo de luchas es el fundamento y el
contenido históricamente específico de lo que a partir de 1995 hemos denominado
«democratismo radical». Es la expresión y la formalización de los límites de este
ciclo de luchas. Eleva a la práctica política o a una perspectiva alternativista la
desaparición de toda identidad obrera para ratificar la existencia de la clase dentro
del capital como conjunto de ciudadanos y/o productores, existencia a la que exige al
capital que se conforme. En oposición a esto, pero sobre la misma base, el
«movimiento de acción directa» pretende ser ya la existencia de nuevas relaciones
sociales «desalienadas» frente al capital.
La revolución es, a partir de este ciclo de luchas, una superación producida por
éste. No puede haber desbordamiento hacia la revolución de las luchas actuales por
la simple razón de que la revolución es la abolición de las clases. Esta superación es el
momento en el cual, dentro de la lucha de clases, la propia pertenencia de clase se
convierte en una constricción exterior impuesta por el capital. Se trata de un proceso
contradictorio interno al modo de producción capitalista. Mientras tanto,
renunciando tanto al papel de huérfanos del movimiento obrero como al de profetas
del comunismo por venir, participamos en la lucha de clases tal cual es
cotidianamente y tal cual produce teoría.